El magnetizador. E.T.A.Hoffmann (análisis).
I . El Romanticismo.
El Romanticismo es una corriente de pensamiento surgida a finales del siglo XVIII en Alemania como una reacción contra el culto a la razón de la Ilustración. Esta época marcó su inicio cerca de 1820 y perduró hasta mediados del XIX, no obstante, después de 1850 ya no tiene sentido hablar de «épocas» enteras que abarquen el arte y la ciencia, ya que el Romanticismo fue la última «postura común» ante la vida en Europa.
Los lemas que regían este nuevo movimiento fueron la exaltación de los sentimientos y la libertad creadora, junto con un gran sentimiento de nostalgia y añoranza hacia épocas pasadas, lemas completamente distintos al afán educativo sometido a la razón y basado en la imitación a los modelos clásicos grecolatinos del Neoclasicismo.
En el fondo, el romanticismo no es más que un intento de salvar la brecha que parece haberse abierto entre el hombre y la realidad que le rodea. Los autores aspiran a recuperar la armonía perdida entre el ser humano y la creación, retratando en sus novelas al hombre moderno que busca afanosamente esa unidad perdida, un estado de paz y sintonía consigo mismo y con su medio. Los románticos son personas que no se integran en la sociedad industrial burguesa ya que la consideran aburrida, materialista y conservadora, mostrando rebeldía ante leyes y normas que no acaten su código moral. Son idealistas porque persiguen la belleza y la libertad absolutas, pero como no pueden conseguir sus ideales, se frustran, se vuelven pesimistas y se aíslan en su soledad interior o se evaden a épocas pasadas (Edad Media) en busca de los valores de lealtad, valentía y honestidad ausentes en su época, o en culturas lejanas (Oriente).
Parece evidente que la seña de identidad del romanticismo es la nostalgia, y que el arte asume la tarea de paliar ese dolor. Los románticos no aspiran a conseguir obras «perfectas» como los neoclásicos, sometidas a las rígidas reglas de la razón, sino obras profundas, sugestivas, que conmuevan al lector o al espectador. El arte se ha convertido en un sinónimo de libertad, según escribió el poeta alemán Schiller: «la actividad del artista es un juego, y el hombre es solo libre cuando juega, porque entonces hace sus propias leyes», por lo que el artista busca la originalidad de sus obras a través de la inspiración lo que lo hace desde su propio punto de vista subjetivo, dando rienda suelta a la expresión de sentimientos desbordados y delirios de la fantasía. Se abre una puerta al conocimiento irracional mediante intuiciones y símbolos, donde lo feo, cruel, oscuro y monstruoso entra en el arte y se abre el camino para mitos góticos, románticos, del siglo XIX, como el jorobado de Notre-Dame, el fantasma de la ópera o Drácula.
Ahora cada individuo tenía libertad creadora para dar su propia interpretación de la existencia. Los románticos aprovecharon esta libertad, convirtiéndola en un culto casi desenfrenado al «yo», lo cual también condujo a una revalorización del genio artístico y a considerar al autor como un creador, llegando a comparar al artista con Dios ya que el artista crea su propia realidad exactamente de la misma manera que Dios ha creado el mundo. Gracias a esta revalorización del «yo individual», se dio lugar a los movimientos nacionalistas que exaltaban los paisajes y costumbres de sus tierras.
II. La Alemania de Hoffmann.
Desde la Edad Media los territorios que comprenden la actual Alemania y gran parte de Europa estaban divididos en un conjunto de Estados independientes que estaban gobernados cada uno por su rey y por sus leyes, pero a su vez formaban parte del Sacro Imperio Románico Germánico, liderado por un emperador. A principios del siglo XIX, la actual Alemania estaba fraccionada en 36 estados e integrada en la Confederación Germánica, nuevo nombre que había obtenido el conjunto de Estados alemanes tras la abdicación del último emperador del Sacro Imperio.
Mientras tanto, en Europa había surgido un nuevo imperio. Tras la Revolución francesa había llegado al poder del Consulado francés un joven general muy exitoso llamado Napoleón Bonaparte, que se hizo rápidamente con el poder gracias a un gran apoyo popular, siendo nombrado cónsul vitalicio. A partir de 1803, Napoleón inició la conquista de Europa y en 1804 se hizo coronar emperador por el Papa. La organización de un gran ejército y el uso de nuevas tácticas militares le permitieron derrotar a las monarquías europeas y conquistar casi en su totalidad a todos los Estados miembros de la Confederación alemana.
Los ejércitos napoleónicos sometieron por la fuerza a las naciones ocupadas y colocaron en su trono a familiares de Napoleón o a generales de su ejército. Además de favorecer los intereses materiales de Francia (cobrar impuestos, hacer negocios, apropiarse de las riquezas, reclutar soldados...) por encima de la expansión de los ideales revolucionarios. Todo ello provocó el surgimiento de movimientos de resistencia a la invasión y despertó un fuerte sentimiento patriótico en España, Polonia, Alemania e Italia.
La batalla de Waterloo fue un combate que tuvo lugar el 18 de junio de 1815 en las proximidades de Waterloo, una población de la actual Bélgica, entre el ejército francés y la Séptima Coalición, conformada por las tropas británicas, holandesas, alemanas y prusianas. Esta batalla fue el final definitivo de las guerras napoleónicas, ya que tras esta derrota Napoleón fue destituido de su título y exiliado fuera de Francia, a partir de lo cual el imperio formado decayó bajo la sublevación de los pueblos sometidos.
III. Biografía de E.T.A. Hoffman
Ernst Theodor Wilhelhem Hoffmann (más tarde adoptó el tercer nombre de Amadeus en honor al compositor Wolfgang Amadeus Mozart) nació el 24 de enero de 1776 en Königsberg, la ciudad natal del filósofo Kant y uno de los focos más importantes del idealismo germano. Hoffmann era alemán, pero estaba emparentado con la nobleza polaca y húngara; su familia gozaba de buena reputación, aunque su padre, que fue un prestigioso jurista, tenía problemas con la bebida, y su madre, una dama respetable, vivía obsesionada con las apariencias. Tras la separación de sus padres en el mismo año de su nacimiento se crió con la familia de su madre, la cual tenía ciertos problemas de salud físicos y psíquicos.
A los seis años entró a estudiar en la Burschule (escuela castillo) de Königsberg, donde conoció al que se iba a convertir en su mejor amigo, el escritor Theodor Gottlieb von Hipple. Y en 1790 comenzó a recibir clases de música y dibujo, pero pese a haber mostrado una precoz disposición para la pintura y la música, al ser hijo y sobrino de juristas Hoffmann se vio obligado por su familia a continuar la tradición, y entró a estudiar Derecho en la Universidad de Königsberg en 1792. Siete años más tarde y a falta de dos para terminar carrera y ser nombrado juez de la Audiencia territorial de Posen, se prometió su prima Minna Döffer, compromiso que rompió solo cuatro años más tarde para casarse con una joven polaca llamada Mischa.
Hoffmann odiaba la vulgaridad, la hipocresía y la falta de sensibilidad artística de los de su clase, por lo que a la vez de trabajar como funcionario del Estado hizo carrera como caricaturista, compositor, escritor y director de teatro. En 1802 fue sancionado por sus caricaturas y trasladado a Polck, donde terminó su sanción dos años más tarde y se le concedió un destino en Varsovia, lugar en el que obtuvo un puesto en el tribunal, y en el que nació se hija Cäzilia. Ese mismo año se replanteó su vida y retomó su vocación artística primeriza siendo director de una orquesta.
En 1806 las tropas francesas ocuparon Varsovia y expulsaron a todos los funcionarios prusianos, por lo que Hoffmann y su familia se tuvieron que trasladar a Berlín, donde cayeron gravemente enfermos y su hija Cäzilia falleció. Un año más tarde su esposa y él se trasladaron a Bamberg, ciudad donde establecieron su residencia y donde Hoffmann comenzó a dar clases particulares de música. En 1809 se inició en la literatura con el cuento «El caballero Gluck».
Cuatro años más tarde se mudó a la ciudad de Dresde, ocupada por las tropas napoleónicas, y donde se libró una sangrienta batalla entre las tropas francesas y los aliados que dejó un balance de veinticinco mil víctimas. Personalmente, el autor atravesó por un momento muy difícil: acababa de perder su puesto de director musical en el Teatro de Bamberg y había tenido que abandonar la ciudad después de enamorarse de una de sus alumnas de canto, Julia Marc, y enfrentarse con el prometido de esta en una violenta escena de celos que provocó un gran escándalo.
En 1814 perdió su trabajo en Leipzig y se trasladó a Berlín, sin trabajo y con los bolsillos vacíos, se encerró en su casa y se entregó a una actividad frenética. Escribió su obra Ondina, y su primera colección de cuentos titulada Fantasías a la manera de Callot, dibujó viñetas y caricaturas, y en poco tiempo encontró trabajo en el Tribunal Supremo de Berlín. En los dos años siguientes publicó dos obras más: Los elixires del diablo y el segundo tomo de Fantasías a la manera de Callot, una colección de cuentos que le costó duros enfrentamientos con su editor
Tres años más tarde cayó enfermo debido a una dolencia neurológica que hizo temer por su vida junto con la disentería, enfermedad que contrajo debido a la mala alimentación y a las epidemias aparejadas a la guerra. Hoffmann se recuperó y, una vez que los combates cesaron fue contratado como miembro de una comisión encargada de juzgar asociaciones peligrosas por delitos de alta traición.
Tras el éxito de su novela Los elixires del diablo, y esclavo de su excesiva sensibilidad, se entregó los siguientes dos años en la creación de sus últimos cuentos: Los hermanos de san Serapión, y la novela Opiniones del gato Murr. Pero debido a este éxito se entregó a una vida desordenada que acabó destruyendo su salud (enfermó de alcoholismo y sífilis) y lo acercó a la locura, aunque siguió ejerciendo su cargo como jurista hasta su muerte y su producción literaria no se vio afectada por ello. Es más, atacado por la parálisis el año de su muerte,1822, dictó sus últimas obras a su secretario y a su esposa. Hoffmann falleció el 25 de junio de ese mismo año, antes de morir pudo ver publicada la que sería su penúltima última obra: Maese pulga, por la cual se le abrió un expediente. Un año después de su fallecimiento su esposa publicó su último trabajo, Novelas cortas musicales.
IV. El magnetizador.
Hoffmann escribe El magnetizador entre los meses de mayo y agosto de 1813, época en la cual las tropas francesas habían ocupado Alemania, y por consecuente la ciudad donde él vivía, Dresde, lugar donde se libró una sangrienta batalla entre las tropas invasoras y los aliados de Alemania que dejó un altísimo número de víctimas. La visión de los cadáveres mutilados y ensangrentados le impresionó en sobre manera al pasear por el campo de batalla, y muchas de estas grotescas experiencias están presentes en El magnetizador, un intento de comprender las fuerzas oscuras que subyugan al ser humano y lo conducen al mal, a la destrucción y a la muerte.
El autor pertenece a una generación que está marcada por la opinión que Rousseau, un pensador clave de la Ilustración del cual emergieron valores que darán paso al Romanticismo: él da primicia al sentimiento natural y no a la razón ilustrada. Rousseau pensaba que el hombre es bueno por naturaleza, pero que actúa forzado por la sociedad que le corrompe, que consiga alcanzar la excelencia o que sus virtudes queden frustradas solo depende de la educación que haya tenido. En este sentido el mal se veía como resultado del medio social «mal metafísico», de la situación política «mal moral», o de la enfermedad individual «mal físico».
En el relato, la maldad procede de un ámbito ajeno al ser humano. Alban, el magnetizador (que puede estar inspirado en la figura de Napoleón debido a la influencia que ejerce en la voluntad de las personas y la facilidad de palabra que tiene), ha aprendido a curar sirviéndose de una barra de vidrio o metal imantado, pero aprovecha su poder para ir más allá, induciendo al paciente en un estado de sonambulismo en el que puede influir sobre su voluntad. Lo que tanto paciente como doctor desconocen es que quien tiene el control de la situación en última instancia es el propio poder, un poder maligno que se filtra en los sueños y que actúa en la vida organizando los acontecimientos siguiendo un plan propio.
A lo largo del cuento y en distintas ocasiones se repite el refrán alemán «los sueños son espuma», frase con la que comienza el cuento y la cual iba a ser título de El magnetizador. Este refrán puede es interpretado de distintas formas dependiendo del personaje que hable, las cuales explicaré posteriormente.
Según la opinión de Hoffmann los sueños constituyen una parte fundamental de nuestro ser que pertenece al más allá, a la vida espiritual, pero que también conforma parte de nuestra propia realidad a la que no podemos mirar sólo desde un punto racional. Como el filósofo alemán Kant, Hoffman nos invita a reflexionar sobre la realidad, ya que lo que nosotros podemos percibir en el mundo terrenal a través de los sentidos no tiene por qué ser tal y como es la realidad, nuestra percepción no tiene por qué ser idéntica a lo que percibimos. Por ello la realidad no se compone solamente de la materia y de la idea racional que nos podamos hacer de ella, la realidad surge de la relación que establecemos entre lo que nos rodea, es lo que hacemos y lo que pensamos y lo que hacen y piensan los demás, junto con todas aquellas posibilidades y variables de cambio que surgen a cada instante sobre el espacio y el tiempo, algo imposible de calcular.
Análisis de la obra:
Primera parte: Los sueños son espuma.
Los protagonistas del cuento son una familia de la nobleza alemana que está pasando una agradable velada en el salón de su casa. De alguna manera, la conversación que mantienen deriva hacia el valor y la influencia de los sueños en la vida cotidiana, y a partir de las experiencias que relata cada uno de ellos el ambiente de la reunión se vuelve cada vez más curioso.
Ottmar, el hijo del barón, opina que los sueños nos abren a una vida superior en la que el espíritu viaja al mundo de donde procede, en el que no existe el espacio ni el tiempo. Y que en relación con el leitmotiv de la obra (el refrán «los sueños son espuma»), es el espíritu del ser humano el que se suelta de las ataduras terrenales (simbolizando por la espuma que asciende por una copa de champán hasta llegar a tomar contacto con el aire) y que entra en el más allá.
Por el contrario, el barón opina que los sueños son peligrosos y todos ellos negativos, y discute con su hijo al advertirle que no conviene desvelar lo que la naturaleza oculta sabiamente del ser humano. Considera que indagar sobre la pertenencia del ser humano al mundo espiritual, y por ende al mundo de los sueños es una insensatez que le puede salir cara. Para apoyar su argumento cuenta la historia de un superior que tuvo en la Academia de caballería que se comportaba de forma demencial en ciertas ocasiones y al cual encontraron muerto en extrañas circunstancias, el recuerdo de ese hombre le persiguió durante toda su vida y en sueños le atormentaba.
Franz Bickert, un pintor amigo de la familia aporta un nuevo punto de vista a la conversación defendiendo que los sueños son un reflejo de la vida terrenal, y alega que nadie ha soñado jamás algo que no esté en la naturaleza. Concluyendo que es el propio ser humano quien prepara sus sueños inconscientemente, y que él mismo lo logra hacer multitud de veces pensando antes de dormir con lo que quiere soñar.
Tanto el barón como Bickert opinan que los sueños son ilusiones tan fugaces e inconsistentes como la espuma. Pero Ottmar defiende su postura reflexionando sobre el magnetismo y su poder sobre el espíritu humano, recurriendo al ejemplo de su amigo Alban y de un compañero de este de la universidad: la historia narra como el amigo del Alban recupera a su amada que había sido seducida por un oficial italiano mediante el magnetismo, la muchacha estaba totalmente trastornada por oscuros sueños en los que el oficial, que había marchado a la guerra, fallecía entre terribles sufrimientos, su dolor era tal que ya no recordaba a su prometido, y este la pudo curar evocando recuerdos suyos en sueños.
Al terminar el relato Maria, hermana de Ottmar, se desvaneció hasta el punto que parecía haber fallecido. En ese momento Alban (que había ido a pasar unos días en compañía de Ottmar) apareció en el salón y logró reanimarla ante la mirada reprobatoria del barón y de Bickert, que no confiaban en él, y que para el barón compartía un enorme parecido con su instructor fallecido.
Segunda parte: Carta de Maria a Adelgunde/Fragmento de la carta de Alban a Theobald
En la primera parte de este fragmento del libro, que es la carta que escribe Maria a la hermana de su prometido, el conde Hypolit, podemos observar como ella describe a Alban como un hombre por el que siente una profunda admiración y al que tiene casi divinizado definiéndolo como un ángel, ya que él es quien la curó de la supuesta enfermedad neurótica que padecía. En la carta además la confía en que desde que Alban la ha curado siente qué él es su amo y maestro, y que él conoce todos sus sentimientos y pensamientos, por lo que solo puede pensar en Hypolit a través de él. Aunque reconoce que hubo un momento en el que sintió que a Alban le enfurecía que pensara en su prometido, pero le excusa diciendo que sólo fue una impresión errónea que tuvo sobre su bondad. Gracias a esta carta el lector conoce que Hypolit es un coronel del ejército que ha marchado a la guerra.
A continuación del fragmento anteriormente mencionado se presenta al lector una parte de una carta escrita por Alban a su amigo Theobald, en la que reflexiona el poder que concede el magnetismo y cómo gracias a su facilidad de palabra logró utilizar a Ottman para conseguir sus objetivos (al que considera un hombre inferior a él por desconocer los poderes que ofrece el satanismo) y cómo logró crear una relación espiritual entre María y él. En el escrito narra a su amigo con todo lujo de detalles como hipnotizó a Maria para que tuviese esas crisis neuróticas con el fin de conseguir quedar ante ella como su salvador, ya que nadie había logrado sanarla, y cómo intentó apartarla de su prometido repitiendo la acción de Theobald con el oficial que sedujo a su novia. Añadiendo que él había creado entre Maria y él un vínculo que si ella rompía para irse con su prometido la mataría.
Tercera parte: El castillo solitario/ Del diario de Bickert
El capítulo del castillo solitario es narrado por una persona ajena a la familia años más tarde de la segunda parte del libro, en él el narrador cuenta como llega a la localidad donde vivían los protagonistas y asiste al entierro de Bickert, que había vivido sólo los tres últimos años en el castillo tras la muerte de todos los miembros de la familia del barón. Al entrar al castillo por ser el apoderado del actual propietario de la residencia, el baron F, observa que el pintor había pintado toda la planta superior del castillo en estilo gótico, y que en ella se repetía muchas veces una horrible figura del diablo espiando a una muchacha (en representación de Alban y Maria). Otra cosa que llamó la atención de nuestro nuevo narrador fue el encontrar en el estudio de Bickert dos cartas (la carta de Maria a Adelgunde y la carta de Alban a Theobald) junto con una especie de diario que contaba cómo pereció la familia del barón.
En la última parte del libro, el capítulo titulado Del diario de Bickert, se descubre el desenlace del cuento. En este fragmento son narrados los últimos días de la familia desde la perspectiva del pintor, donde cuenta una serie de sucesos que llevan a la muerte de la familia del barón. El texto comienza narrando la alegría que siente Bickert por la recuperación de Maria y el remordimiento por haber pensado que Alban era un demonio, pero esta dicha se rompe al describir cómo vio junto a su amigo el barón que una noche antes de la boda de Maria con Hypolit salir a Alban de la habitación de la muchacha. Este suceso le llenó de intranquilidad y malos presentimientos que se vieron cumplidos a la mañana siguiente al ver que Maria calló muerta ante al altar cuando se iba a unir con Hypolit. Tras este suceso todas las culpas recayeron justamente sobre Alban, que se batió en duelo con Hypolit que acabó muerto. La noche del nueve de septiembre el barón y su hijo fallecieron, por lo que se acabó el legado de esa familia destruida por el mal.